viernes, 24 de mayo de 2019

El callejón del tesoro.


¿Quién no conoce en Aguascalientes la leyenda de "El Callejón del Tesoro? pocos, la historia de este pasadizo en donde un forastero fincó una casa, y se bordó una leyenda, convirtiéndose en una de las epopeyas que se cuentan y forman parte de las tradiciones de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes. Como me lo platicaron, se los cuento. Nos dijo Alfonso Cabeza de Vaca, un hombre serio que pasa de los ochenta años, su abuelo platicaba un suceso que llenó de espanto a Aguascalientes, un carro fantástico que recorría la ciudad a media noche.

Dos caballos blancos jalaban el carruaje que era guiado por un espectro vestido también de blanco, andaba por las calles haciendo escándalo; despertando al vecindario aquel "carro del demonio", que parecía que anunciaba una desgracia. Todo mundo hablaba del suceso; algunos aseguraban que un coche, jalado por dos colosales caballos, lo conducía una bella mujer, que al parecer estaba perturbada de sus facultades mentales, y como desahogo, sus familiares le permitían recorriera la Villa por las noches, para no ser reconocida, ya que ni amigos ni parientes lejanos sabían el secreto de una de las familias más acomodadas de la Villa, que tenían una hija demente.


Las versiones eran diferentes, se hablaba mucho del suceso y cada persona inventaba una versión, el caso es que cuando caían las sombras de la noche, los parroquianos comenzaban a sentir temor. Los hombres con disimulo cerraban con llave las puertas de sus casas, las mujeres los postigos y apagaban las velas para que no se fuera a ver la menor luz y se aseguraban que los niños estuvieran dormidos para que no se dieran cuenta de este hecho diabólico que tenía intrigada a toda la población y que nadie se atrevía a enfrentarlo.

Todos esperaban con pánico aquel ruido que se escuchaba a lo lejos y que se iba acercando hasta pasar frente a las casas, el que se perdía después y nadie sabía para donde se diluía, el hecho era que al día siguiente volvía a pasar, ante el azoro de todos. Muchos hombres que por necesidad tenían que trabajar de noche, al venir aquel carro que parecía que andaba solo, caían privados, otros trasnochadores al escuchar el ruido de las patas de los caballos que pegaban en el empedrado, caían de rodillas y rezaban a gritos. Se cuenta que algunas personas perdieron la vida al oír el "crujir de aquel coche fantástico en polvorosa armonía con las pisadas de los colosales caballos".

Pero a ciencia cierta nadie sabía realmente de lo que se trataba, se hacían miles de conjeturas, lo cierto es que el terror se apoderó de los habitantes de la Villa. Los sacerdotes regaban agua bendita por todos lados, había peregrinaciones por las calles, pero nada cuando menos se lo esperaban, aquel carro del demonio salía por alguna arteria, recorría la ciudad y se perdía entre la bruma de la noche.


Cuenta la leyenda que Don Narciso Aguilar, un hombre inmensamente rico vivía en la ciudad de Guadalajara con su familia. Tenía fabulosos negocios a los que les dedicaba la mayor parte de su tiempo. Un día su mujer al sentirse sola y no contar nunca con su marido, decidió tener un amigo para hacer menos triste su soledad. Al enterarse Don Narciso del engaño de su mujer, en vez de hacer un escándalo y lavar con sangre su honor, pensó alejarse de la ciudad para siempre, buscando un lugar en donde nadie pudiera encontrarlo. Sabía que Aguascalientes era un lugar tranquilo, hospitalario, que se podría vivir con tranquilidad y eligió esa Villa para pasar los últimos años de su vida, y olvidar la traición de su mujer.

Don Narciso Aguilar tenía, un amigo de la infancia un hombre bondadoso que por muchos años había trabajado con él y el único al que podía confiarle su secreto; le platicó su plan y lo invitó para correr con él la aventura, ya que era una persona solitaria, entrado en años y soltero. Los dos llegaron a la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes y después de recorrer la ciudad, encontraron un callejón, apropiado para lo que querían, y sin más compraron varias casitas casi en ruinas y don Narciso comenzó a construir su residencia, la única casa que se encontraba en el callejón, que después se llamó del Tesoro.


Mientras construía la casa que llevó el número 13, Don Narciso hacía constantes viajes a Guadalajara para ir trasladando poco a poco su cuantioso tesoro, que eran varias talegas de oro, lo que hacía a medianoche para evitar sospechas. Se cuenta que vestido de arriero y a lomo de mula, Don Narciso trasladó su dineral y ayudado por su amigo Cirilo Castañeda, lo guardaron en la cocina de la casa que estaba junto al brocal del pozo frente a la puerta de la calle.

Al llegar a Aguascalientes los dos amigos, traían sendos caballos blancos, briosos y de alzada, así como un carro en donde habían traído sus pertenencias. Don Narciso y Don Cirilo, no conocían a nadie en el lugar, ni querían conocer. Se dedicaban a dirigir la casa que le hicieron unos buenos albañiles de la Escuela de Don Refugio Reyes Rivas, el arquitecto sin título que hiciera el templo de San Antonio, y por la noche se aburrían mortalmente. Jugaban baraja, se tomaban sus copitas, pero... les sobraba tiempo, hasta que un día decidieron dar una vuelta por la ciudad, pero sin darse a ver. Don Cirilo era quien guiaba el coche y para no ser reconocido, se vistió con una túnica blanca, que le iba desde la cabeza a los pies, y sólo había dejado dos rendijas para que se le asomaran los ojos. Don Narciso vestía un extraño traje pegado al cuerpo de color carne y una media en la cara. Él iba acostado en el coche para no ser visto. Todas las noches se disfrazaban, tomaban su carro y salían a recorrer las calles.


Cuando vieron que su paseo les causaba pavor a las personas, lo hacían con más ganas, sirviéndoles de diversión el miedo que les causaba a los parroquianos; mientras las gentes se privaban de espanto, ellos se "morían" pero de risa. Habían encontrado una gran diversión por las noches que al principio les eran mortalmente aburridas. Este recorrido lo hicieron por mucho tiempo, hasta que el pueblo se fue acostumbrando a ver y escuchar a este "carro del demonio" que resultó inofensivo.
Al ver Don Narciso y Don Cirilo que ya nadie les temía, dejaron de salir a realizar sus paseos nocturnos que por tanto tiempo tuvo inquieta la ciudad, y así desapareció el temido "carro del demonio". Los dos amigos vivían solitarios en aquel callejón cuidando el tesoro de Don Narciso Aguilar, así como a los caballos y burros que tenían en el traspatio. Se hablaba de dos viejitos ricos que vivían en el "Callejón del Tesoro", como le puso el vulgo. De pronto desapareció Don Cirilo, nadie supo de su paradero . ¿Se peleó con Don Narciso y se fue a Guadalajara? ¿Se murió de muerte natural? ¿Lo mató Don Narciso por miedo a que lo robara?... nadie supo. Don Narciso salía y entraba a su casa solo, siempre solo; no hablaba con nadie, cuando se escuchaba su voz era porque se dirigía a sus animales.

Se había corrido la voz de que en el Callejón del Tesoro, en el número 13, vivía un hombre solo, el que se dedicaba a cuidar un fabuloso tesoro. Esto llegó a oídos del famoso Juan Chávez, uno de los más grandes ladrones que ha habido en Aguascalientes. Una noche Juan Chávez quiso apoderarse del "entierro" de Don Narciso y por asustarlo para que le dijera en dónde estaba el dinero, se le pasó la mano, y lo mató. Y el dinero que por muchos años estuvo escondido en la casa número 13 de un callejón, pasó a manos de Juan Chávez y Don Narciso pasó a mejor vida. La historia de Narciso Aguilar el rico jalisciense y su amigo Don Cirilo Castañeda se olvidó, pero el nombre del "Callejón del Tesoro", todavía existe en la Ciudad de Aguascalientes, nombre que resultó de una sabrosa leyenda.

FUENTE: http://www.aguascalientes.gob.mx

jueves, 23 de mayo de 2019

El Espectro del Cementerio.


Los panteones por el hecho de ser el lugar donde se entierran los cadáveres, es un sitio lúgubre, silencioso, que llena de espanto y pavor, como si alguien nos persiguiera; se volteara de reojo erizándose los cabellos de miedo. Por esto, en los cementerios se enlazan tantas leyendas y los cuentistas sitúan sus relatos en tenebrosos Campos Santos para darles visos de terror a sus fantasías y de tener temblando de espanto a su auditorio. En el Panteón de Guadalupe en la Ciudad de Aguascalientes se han ubicado muchas historias las que cuenta la gente, y tan solo al pasar frente a él, se apodera de las personas un miedo, como si un muerto saliera a perseguirlas.

Una de tantas leyendas que corren de boca en boca, es la que escribió el profesor Alonso Montañés, en la que relata, que el señor Jesús Infante un conocido cantero del lugar fue requerido por Don Carlos Espino para realizar un trabajo, para el muy importante, pues era terminar un monumento familiar en el panteón de Guadalupe, con la suplica que el trabajo debería ser terminado el día que le había fijado Don Carlos.

Don Jesús acepto el compromiso e inicio su labor dentro del cementerio siendo más laboriosa la faena de lo que el pensaba. Se acercaba el plazo y el cantero estaba nervioso por saber que no era posible terminar que le habían encomendado. Solo faltaba un día y al ir por un andador al recoger un material escucho ruidos extraños, voltio para ver si había alguna una persona, pero al sentirse solo se le "enchino" el cuerpo y siguió escuchando un trac, trac, trac. Platicaba don Jesús que en aquel momento las piernas no le respondían, quería correr pero no podía porque las extremidades inferiores las sentía de plomo.


No pudo gritar, la voz no le salía y sintió que los pelos se le pararon como un resplandor. Volteó hacía atrás, y su sorpresa fue cuando vio un esqueleto que lo seguía y que moviendo las mandíbulas las que sonaba al juntársele los dientes, clarito oyó una voz que le decía: "compadécete de mis penas que me atormentan en el purgatorio; tengo muchos años sin descanso; pide a mi abuelo, padre de tu abuelo de que los doce mil pesos en plata que están al pie de la alacena que está en la cocina a vara y media de profundidad, te dé cien pesos, de los cuales darás cincuenta al padre de la iglesia para que me diga tres misas. Yo te recompensaré dándote el alivio de tu susto.

Si no cumples con mi encargo, no sanarás" El pobre hombre no supo qué hacer, al ver al esqueleto caminando y meneando las mandíbulas, con voz de ultratumba que se dirigía a él, pensó que iba a caer privado, pero sintió que una fuerza sobrenatural lo sostenía y de pronto, pudo moverse y salir despavorido, sintiendo tras de él, el esqueleto que parecía lo correteaba. Corriendo llegó a la puerta del cementerio, jurando no volver más a ese lugar y dejando toda su herramienta cerca del monumento. Pero su responsabilidad fue más grande que su miedo y acompañado de un amigo, volvió al día siguiente para terminar con su compromiso.

El cantero platicó a su compañero lo que le había ocurrido el día anterior, y los dos estuvieron trabajando, volteando para todos lados con el temor de que en cualquier momento se le fuera a aparecer el esqueleto que le había hablado y ellos cayeran privados de susto.


Pero no fue así, durante el tiempo que permanecieron en el cementerio, no se escuchó ni el más leve ruido, todo era un "silencio sepulcral" Don Jesús comenzó a estar muy enfermo; un temblor como de frío se apoderaba de él y las piernas poco a poco se le fueron paralizando al grado que no pudo caminar más. Traía en la mente lo que le había pedido el esqueleto que lo persiguió por el panteón de Guadalupe, lo que no lo dejaba estar sosegado ni de noche ni de día. Hablo con un pariente, le contó lo sucedido y en una silla de ruedas lo acompaño a sacar el "entierro", pidiéndole el dinero para mandar decir las misas que el difunto necesitaba para poder salir del purgatorio.

Quería hacer el encargo antes de morir, pues realmente se sentía muy enfermo. Después de haber cumplido lo que le había indicado la calavera Don Jesús comenzó a sentir alivio. Poco a poco empezó a sentirse mejor hasta haberse recuperado totalmente. Aquel suceso que le ocurrió le había dejado una huella profunda y cada vez que tenia oportunidad lo contaba a sus amigos. En una ocasión que se lo refirió a un pariente lejano, este le dijo: "hace muchos años le paso lo mismo a Joaquín Sánchez, cuando fue a visitar la tumba de su madre al panteón de Guadalupe.

Al escuchar Joaquín que un esqueleto se acercaba a el, y que de las mandíbulas salía una voz de ultratumba, salió despavorido saltando por la pared del cementerio y como un loco furioso llegó a su casa. Platicó a su mujer lo que le había pasado y desde ese día comenzó a estar enfermo. Solo que a él, no solamente se le paralizaron las piernas sino que quedó lelo, perdió el habla y al poco tiempo falleció". La historia del esqueleto del cementerio era conocida por todo el lugar, no se habló de otra cosa en mucho tiempo siendo una de las tantas leyendas que corrieron por Aguascalientes en el siglo pasado, y que todavía se cuenta en el barrio de Guadalupe, al hablar de ese cementerio.

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miércoles, 22 de mayo de 2019

La china Hilaria II


Dicen, que pueblo chico infierno grande, y por Aguascalientes en la época en que era "muy chico", corrían los chismes, convirtiéndose en un "verdadero infierno", pues lo que sucedía en un extremo se regaba como pólvora y en tanto que se los cuento, todo el pueblo conocía la hablilla. Por lo que se ganó el mote de "Lenguascalientes". Y así una historia se iba formando según se platicaba, gracias al ingenio, maledicencia y fantasía del cuentista, por lo que había varias versiones de una misma leyenda.

Así paso con la famosa China Hilaria, una mujer muy castiza que vivía en el Barrio de Triana (Del Encino) por los años de 1860 y por ser coqueta y "entrona", se corrieron varias interpretaciones sobre su persona. Se cuenta que en el Barrio de Triana existió una pulquería muy famosa, allá como a mediados del siglo pasado y la que duró muchos años. Se llamaba "Pulquería de las Chinas..." Era atendida por tres hermanas, Andrea, Micaela e Hilaria las que además de hermosas eran mujeres de "pelo en pecho", no se dejaban de nadie y como la Adelita, "hasta el mismo coronel las respetaba", pues el famoso bandido Juan Chávez, al que hicieron coronel los conservadores, les guardaba sus frijolitos al grado que callaba a sus asistentes cuando decían alguna mala palabra frente a las chinas, quienes lucían hermosas cabelleras rizadas.

Contaba Don José Ramírez Palos que la pulquería ubicada en el corazón del barrio era muy frecuentada, no solamente por los trianeros, sino también por muchos otros parroquianos del pueblo "pero los clientes más asiduos, eran los veteranos de las guerras de Reforma e Intervención, que en muy amigable camaradería, se contaban sus hazañas bajo los frescos emparrados que sombreaban el patio de la pulquería, y así, sin rencores , rememoraban hechos y contaban sabrosísimas anécdotas".

La "Pulquería de las Chinas" era frecuentada, como muchas otras, por el famoso bandido Juan Chávez, el terror de Aguascalientes, así como por sus ayudantes los capitanes: "Bueyes Pintos", "El Chato Góngora" y Pantaleón "El Cuate", los que varios escándalos cometieron en esa "emborrachaduría", solapados por las tres hermanas, que según las malas lenguas, también fueron sus mujeres. Ellas, dice Ramírez Palos, estaban perfectamente identificadas con sus "hombres", los emulaban admirablemente, pues cuando ellos andaban en sus correrías, ellas no desperdiciaban ocasión para desvalijar a los transeúntes que se aventuraban por los lugares donde tenían establecido su hato. Para llevar a cabo con seguro éxito sus atracos, las chinas se vestían de hombre y después de haber amarrado a sus victimas, para mejor robarlas, se cambiaban de indumentaria, vistiendo sus elegantes trajes femeninos. Estaban acostumbradas a las más duras faenas, a las labores propias de los hombres, pero al vestirse de mujeres, eran verdaderas y afectuosas damas.


Dice la leyenda que en la mañana del sábado de gloria del año de 1892, después de que las chinas acompañadas de sus guitarras, cantaban las mañanitas al "abrirse la gloria", como era costumbre, reunían a un grupo de sus amigos "los asiduos asistentes" a la pulquería y les obsequiaban las "catrinas" de la casa, mientras ellos referían el relato de sus hazañas. Al calor de los pulques, las historias eran cada vez más interesantes. "El maestro Braulio", que había militado durante la guerra del 47 a las órdenes del general Miñón y en la de Reforma, en las filas conservadoras, las del aguerrido Miramón; contaba como las mujeres de Aguascalientes dieron pruebas de un altísimo patriotismo, negándose a prestar sus servicios al odiado invasor y muchas veces matando a los soldados gringos que se aventuraban a internarse por las tortuosas callejas de nuestro barrio. Anacleto, también contó sus aventuras ante la admiración de los invitados al jolgorio, los que se mostraban atentos al escuchar tales hazañas.
Por allá en un rincón se encontraba Blas, el que "chupando", observaba a los relatores. Era un hombre de no malos bigotes, que tenía dos personalidades bien definidas. En su juicio era muy serio, hasta hosco y de pocas palabras. Pero, con copas encima, era agradable, gran cuentero, quien tenía mucha sal para aderezar sus historias, así como sus "chistes".

En una libreta que llamaba "chistera", anotaba sus cuentos y podía estar horas y horas deleitando a la concurrencia con sus simpáticas chanzas. Después de pedir permiso a Hilaria, la que fuera mujer de Pantaleón "El Cuate", y tener la venia de la China Hilaria para relatar la historia, dijo: Como todos ustedes saben, mi amigo Pantaleón fue uno de los ayudantes del coronel Juan Chávez y por lo mismo estaba acostumbrado a "rebalsar de lo lindo y gastar hasta alazanas, para darle gusto a su preciosa, la China Hilaria, que portaba los más finos rebozos que se vendían en la Feria de San Juan y que con mucha gracia lucía en las fiestas de San Marcos, donde era la envidia de las meras catrinas por sus bellos zagalejos de legítimo castor cubiertos de lentejuela de oro, sus ricos hilos de coral que valían harto dinero y más que por sus galas, por el donaire con que las llevaba y la hermosura de los veinte años".


Y continuó hablando Blas: Cuando mataron al coronel Juan Chávez el 15 de febrero de 1869, Pantaleón se "agorzomó mucho, porque comprendió que ya no podía darse la vida a que estaba acostumbrado; y sólo el pensar que tendría que trabajar, lo ponía muy triste y además se le hacía muy cuesta arriba pensar que su buena moza, 'ora la China, ya no podría portar sus buenos rebozos de bolita ni sus franelas de castor; y más que todo esto, le atormentaba la idea de que ya no podría garbear en fandangos y cantinas como en sus buenos tiempos, cuando cerraba el lugar y obsequiaba, con su dinero, a los clientes".

Al pensar en trabajar, a Pantaleón se le enchinaba el cuerpo pero ya era imposible seguir su vida de aventurero y asaltador de caminos, pues ya su jefe se había "quebrado". Como todos sus ayudantes y su propia viuda, sabían que Juan Chávez había ocultado su tesoro en una cueva del Cerro de los Gallos. El " Cuate " Pantaleón que conocía este lugar palmo a palmo decidió buscar la fortuna que había acumulado Juan Chávez, durante sus asaltos, ya que a él también le pertenecía por haber sido uno de sus "compinches".

Pantaleón salió de madrugada rumbo al Cerro de los Gallos, volteaba para todos lados para estar seguro que nadie lo seguía y así casi corriendo llego a la falda del cerro. Mirando al suelo recorrió todas las cuevas, los vericuetos del lugar y hasta movía los árboles para ver si encontraba el tesoro de Juan Chávez, pero nada. "Muerto de cansancio", casi al anochecer se sentó en una piedra para descansar y sin saber como, se quedó dormido. Estando en el más profundo sueño, "el cuate", escuchó una voz que salía de las cuevas, era tan de ultratumba que se despabiló y paro la oreja.

Aquella voz claramente le decía que el famoso tesoro de Juan Chávez no existía, que era inútil que lo buscara, pero que el podía hacerlo inmensamente rico para poder seguir su vida de desorden y derroche. A cambio sólo le pedía que le diera trabajo todos los días por aburrirse mucho, y que el día que no pudiera hacerlo, tenía que entregarle su alma.


En aquel momento Pantaleón comprendió que el que le ofrecía el trato, no era más que el demonio. Se quedó pensando unos minutos, sabía que de no aceptar, se moriría de hambre por no saber trabajar y sobre todo, perdería a la China Hilaria, la que pobre, no lo seguiría. Y por eso, aceptó el pacto con el diablo. En un charco de agua Pantaleón se mojó la cara así como el cabello y brincando bajo del cerro se encontró que los bolsillos los tenía repletos de oro lo que le dio una gran satisfacción. Llegó a su casa y le dijo a su mujer que era muy rico, que había encontrado el tesoro de Juan Chávez, el que tanto habían buscado... que su porvenir estaba asegurado.

Hilaria no estaba muy convencida, pero como era ambiciosa, se sintió feliz de ser una potentada. Habló con sus hermanas de cerrar la pulquería y dedicarse a pasear, lo que no aceptaron por ser para ellas la pulquería una diversión. Estando Pantaleón desayunando, le dijo la sirvienta que lo buscaba un señor, al recibirlo, se dio cuenta que iba Satanás por el trabajo que le había ofrecido. Pantaleón, sin inmutarse, le dijo que deseaba le comprara una hacienda cerca de la cantera, en donde toda la vida había tenido la ilusión de tener una propiedad. Por la tarde, se presentó aquel hombre con los documentos para que Pantaleón firmara el recibo que lo acreditaba como dueño de esa propiedad. Y así todos los días por la mañana se presentaba aquel agente de negocios para recibir las instrucciones de Pantaleón el que, ya no sabía que hacer.

Le pidió que hiciera un acotamiento en toda su propiedad lo que pensó llevaría mucho tiempo, pero, al día siguiente, estaba terminado. Le pidió sembrara flores. Después, sembrar varias huertas de guayaba, durazno, etc. Mas tarde le pidió construir grandes presas, que hiciera canales de irrigación. Y así inventaba cada día cosas lógicas y hasta absurdas pero todo le concedía; en el acto, el menor de sus deseos era cumplido por el demonio que deseaba llevarse su alma.

El pobre - rico- Pantaleón se veía triste, aquel hombre simpático y dicharachero se había convertido en taciturno, callado, su cara empezó a palidecer y hasta el pelo se le caía a manojos; nada le causaba encanto ni atractivo y hasta se le quitó el hambre. A la China Hilaria, que lo conocía tanto "como si lo acabara de desensillar" le preocupó el triste estado de su marido, al que veía acabado. Una noche vio inquieto a Pantaleón, y aquel hombre tan valiente, "muy matón y de a caballo", acabó llorando como un niño. Zarandeándolo, lo obligó a que le dijera qué pasaba y el "cuate" le dijo que lo del tesoro de Juan Chávez era mentira, le contó el pacto que había hecho con el diablo, lo que lo tenía temblando de miedo y amarillo como limón pasado.

La China lo escuchó con todo detenimiento y cuando terminó, ella soltó una sonora carcajada que se escuchó hasta la esquina de su casa. ¿Por qué no te confiaste de mí y me platicaste, antes, el trato que hiciste con el demonio?. Duérmete, le dijo, desde mañana yo me encargaré de darle trabajo a ese indecente. Trabajará toda su vida o nos dejará en paz para siempre. Pensando Pantaleón que su mujer se había vuelto loca, no pegó los ojos en toda la noche furioso de ver a Hilaria dormida como un tronco, seguramente le había comprendido su problema .


A la mañana siguiente llegó el "hombre" a la casa de Pantaleón. La china lo recibió diciendo que su marido estaba enfermo y que ella se encargaría del trabajo por el que iba, que la esperara un momento. Entro Hilaria a su pieza, sacó del buró una tijeras y se cortó un largo chino de su cabello, y con él en su mano le dijo al diablo: "Dice mi marido que mientras el se alivia y le puede ordenar lo que desea, desenrede este cabello, hasta que quede completamente liso. El diablo tomó el cabello pensando que Pantaleón había perdido el juicio. "Dígale que dentro de un rato estaré de regreso". Riéndose se fue el diablo y riéndose se quedó Hilaria.
En la esquina Satanás comenzó a tratar de convertir en un alambre el ensortijado pelo, pero fue inútil ; duro varias horas y no pudo. Regreso a la casa para decirle a la señora que regresaría al día siguiente, con el pelo desenrollado. Pasaron varios días y el hombre aquel no regresaba. Pantaleón se sentía mas tranquilo pero al pensar que el día menos pensado se presentaría nuevamente a pedir trabajo, le entraba un gran desasosiego que lo hacía temblar. Después de varios años, un día se encontraban Pantaleón y la China en la Hacienda, sentados con los pies dentro del arroyo, cuando vieron al diablo sentado en una piedra tratando de desenrollar el pelo. De pronto les gritó : "!Ya mero termino....¡" .Pero la China mostrándole su enorme cabellera contestó : "Dese prisa, que todavía le faltan muchos mechones que desenchinar" .

Al ver Satanás la espesa y larga cabellera de Hilaria, aventó el chino que le había dado la esposa de Pantaleón, gritándoles: "¡ Me doy por vencido, aquí se acabó nuestro trato ¡". Pantaleón y la China se abrazaron bailando de gusto, eran ricos y se habían quitando al diablo de encima. Pero como no estaban acostumbrados a trabajar, poco a poco se quedaron en la inopia. Pantaleón se murió y la China continuó con su pulquería . Pero al conocer la historia los trianeros, y saber la audacia de la mujer, cuando alguien se pasa de listo le dicen : "Este parece hijo de la China Hilaria". La China Hilaria se puso en jarras y le dijo a Blas : "Te deje contar mi historia pero no para que me "choties". Paga tus copas y lárgate de la pulquería". La leyenda se ha difundido oralmente, y aquí quedo escrita. Muchas gentes la conocen. Y la frase "Hijo de la China Hilaria", es aun más conocida, sin saber de donde proviene, aunque es de suponerse que se da por hecho que un hijo de aquella sagaz mujer ha de ser enredoso y trapacero y como ella misma, capaz de engañar al mismo diablo.

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martes, 21 de mayo de 2019

La china y el chamuco.


En el barrio de Triana, uno de los más típicos de Aguascalientes, se han bordado toda clase de historias que al paso del tiempo se han convertido en sabrosas leyendas que se van pasando oralmente. Dicen que en ese lugar, el más castizo de la ciudad, precisamente en la calle de la Alegría, vivía una familia humilde, pero de buenas costumbres; los padres habían educado a sus hijos a la usanza de Aguascalientes del siglo pasado, en que los hijos besaban la mano y la frente de sus progenitores y con los ojos los mandaban sus padres. Hilaria, era la hija mayor de los señores Macías, que además de ser una mujer muy hacendosa, era bella y tenía un donaire al caminar que parecía una reina.

Otra de sus virtudes era que le gustaba hacer obras de caridad, visitando diariamente a los enfermos y menesterosos, llevándoles consuelo y ayuda material. La joven era muy conocida en el barrio por ser muy atractiva y además, por tener sus padres un negocio pequeño en donde vendían antojitos y muchas veces ella, se dedicaba a cobrarles a los clientes.

Los domingos, cuando Hilaria iba a misa a la iglesia del Encino, llamaba la atención. Llevaba un hermoso zagalejo bordado y su rebozo de bolita que lucía con destreza; en su pelo, que era muy chino, usaba un listón del mismo color del traje. Las muchachas en edad de merecer, le tenían envidia porque todos los jóvenes del barrio se perdían por una mirada de los negros ojos de la chica, que a todos desdeñaba.

Uno de ellos en una ocasión le dijo este piropo: "Con la sal que una morena derrama de mala gana, tiene para mantenerse una rubia una semana". Así pasaba el tiempo y aunque Hilaria Macías tenía muchos pretendientes, a ninguno le hacía caso por no haberle llegado todavía su hora de enamorarse.


Pero un día la muchacha se vio acosada por un individuo de mala reputación, uno de los malditos del barrio de Triana, al que le apodaban "El Chamuco", a más de ser feo, prieto y cacarizo, era presumido en grado superlativo; Dios le había dado la gracia de que se sintiera guapo y él así se veía. "El Chamuco" se enamoró perdidamente de ella y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Cuando salía de su casa la estaba esperando en la esquina, al grado que ya no podía salir por miedo, ya que la había amenazado con que la iba a raptar. Un día Hilaria se fue a confesar con el Cura de la Parroquia del Encino y le dijo su problema, que no podía salir a la calle por miedo de encontrase con "El Chamuco" y había dejado de hacer sus obras sociales. Que la acosaba y le tenía un miedo infernal. El padre le dijo que no se preocupara, que iba a mandar llamar a "El Chamuco" para amonestarlo y decirle que la dejara en paz.

Al día siguiente, el señor Cura encontró en el jardín del Encino a "El Chamuco", que era muy conocido en el barrio por "malora" y le pidió fuera al curato porque tenía que hablar con él. Y así lo hizo, por la tarde el hombre fue a visitar al sacerdote.

El padre que le había ofrecido a la muchacha persuadirlo para que la dejara tranquila, ideó una cosa extravagante; le dijo: "Mira Chamuco, pídele a Hilaria un rizo de su pelo; si lo enderezas en el término de quince días, te aseguro que se casa contigo, yo mismo le pediré a sus padres su mano para ti". El hombre le dijo: "Pero padre, si no me concede una palabra, ¿cómo piensa que me dará un chino? Eso es imposible". El cura le aseguró que lo tendría, él mismo se encargaría de pedírselo. Así fue, el padre le pidió el rizo a Hilaria y se le dio a "El Chamuco", el que pasaba todo el día tratando de enderezarlo, sin el menor resultado.


"El Chamuco" fue a ver al padre para decirle que era imposible, que se pasaba noche y día alisando el pelo y que parecía que con eso se enchinaba más, que estaba desesperado y no sabía qué hacer. El sacerdote con toda calma le dijo, "síguelo intentando, yo sé que el día menos pensado vendrás con el pelo completamente lacio y ese día pediremos a Hilaria. Pasaron varios días y "El Chamuco" con un humor de los diablos invocó al demonio, ofreciéndole su alma en recompensa si le enderezaba aquel porfiado rizo de Hilaria, que por más que lo estiraba, en lugar de alaciarse, más se enchinaba.

Al invocar a Satanás se le apareció un hombre elegantemente vestido, con bombín, polainas y bastón, que al verlo "El Chamuco", se hizo para atrás, ya que él le había hablado al demonio y no a la persona que tenía enfrente. El catrín le dijo al "Chamuco", que qué hacía tan afanosamente acariciando ese cairel, a lo que él contestó, que alisar el chino, y nada que se hacía lacio. "Yo te ayudaré", le dijo el catrín, y al tomar el pelo con las manos, aquel chino se hizo un verdadero tirabuzón y dándole una rabia infinita, aventó el chino a la cara de "El Chamuco", gritándole el catrín con todas sus fuerzas: "¡Que coraje, ni yo puedo enderezar este maldito rizo!".


Al mismo tiempo se iba transformando; la boca se le deformó horriblemente, los ojos se le saltaron como de rana y de ellos le brotaba lumbre, por abajo del bombín le salieron dos puntiagudos cuernos y las manos se le empezaron a poner peludas como de animal.

Cuando "El Chamuco" vio que el catrín se convertía en un demonio, quiso echar a correr, pero no pudo, sintió que le flaqueaban las piernas, que la cabeza le daba vueltas y que los ojos se le torcían. Pero cuando vio a aquel engendro del infierno que volaba por los aires dejando un fuerte olor a azufre, perdió el sentido y no supo más de él. Cuenta la leyenda que "El Chamuco", sufrió tal impacto, que perdió la razón; por muchos años vivió como un ente del barrio de Triana, sin recordar nada del pasado. Solamente cuando algún amigo pasaba junto a él y le preguntaba ¿Cómo estás "Chamuco"?, él contestaba "De la china Hilaria". Para los chamacos del barrio, era una diversión, lo único que sabía decir: "De la China Hilaria".


El pobre hombre al "que no le hizo justicia la naturaleza" porque nació muy feo, poco a poco se fue convirtiendo en un verdadero monstruo. Vivía en el barrio de Triana, casi siempre se encontraba en el Jardín del Encino sentado en una banca y enojándose con los chamacos que lo vacilaban. Era un loco inofensivo, uno de los pintorescos tipos de ese barrio. Años mas tarde Hilaria Macías se casó con un fuereño y se fue de Aguascalientes.

La historia del gran amor de "El Chamuco" se fue olvidando convirtiéndose en un mito. Pero la expresión de "La China Hilaria", se quedó para siempre. Muchas personas antiguas del barrio de Triana conocen esta tradición por habérselas contado sus abuelos y así se ha ido pasando de generación en generación. Y con frecuencia a los muchachos latosos o feos, les dicen pareces "Chamuco", y sin pensar, están recordando a aquel pobre hombre que por amor perdió la razón.

FUENTE: http://www.aguascalientes.gob.mx

lunes, 20 de mayo de 2019

La momia del túnel (AGUASCALIENTES)


Se cuenta que en la ciudad de Aguascalientes existen varios túneles que se conectan entre sí que servían de escondite no solamente a los Franciscanos del templo de San Diego durante la persecución religiosa, sino a muchas personas que huían de la justicia... Una de las tantas leyendas que se ventilaron al respecto, fue la que contaba el profesor Alfonso Montañés, quien aseguraba tratarse de una historia verídica que con el tiempo se convirtió en una de tantas fantasías que se comentaban en las fiestas de salón, que tanto se usaban antes.

En la esquina de las calles de Carrillo Puerto y Democracia (ahora Eduardo J. Correa) había una tiendita cuyo propietario era un señor de nombre Brígido Villalobos. Era uno de los "Estanquillos" más populares en el Barrio de San Marcos, pues a más de que había todo como en botica, Don Brígido era un hombre muy amable, lo que se dice un buen comerciante que no dejaba salir a un cliente sin vender todo lo que el quería.

El señor Villalobos era un gran conversador, un hombre simpático y dicharachero, que tenia muy entretenido a sus amigos, los que todas las noches se reunían en su tienda para componer el mundo. Se hablaba de la carestía de la vida de los malos gobernantes... de todos los problemas que acosaban al país.


Pasaban dos horas de gran platica ; Don Brígido les ofrecía una copita, y a las ocho, cada uno de sus amigos se iba a su casa a descansar. Corría el año de gracia de 1884, y una noche, cuando el grupo de amigos se encontraba en lo mas álgido de la platica, se escucho un tremendo ruido en la pequeña trastienda que los hizo temblar.

Se voltearon a ver don Antonio, a quien apodaban el charrasqueado, don Severo, que le decían el cura, y Marqués Hernández. Ninguno se atrevía a hablar, pero don Brígido que era muy bromista les digo: "no creo que haya sido el aire"... Con cierto temor se levantaron los hombres que estaban sentados en un costal de azúcar, en un cajón de jabón, y en el banquito que tenía atrás del mostrador el dueño de la tienda.

Con cierta curiosidad se dirigieron al cuartito contiguo a la tienda y con sorpresa vieron que se había hundido el piso. Ninguno se atrevía a decir palabra, hasta que el señor Villalobos les dijo: "si no tienen miedo, vamos a ver que fue lo que pasó".


Los cuatro amigos quisieron bajar; pero fue verdaderamente imposible por la cantidad de polvo que había, que no los dejaba respirar y tuvieron que salir corriendo a la calle. Don Antonio, Don Severo y Márquez le dijeron a Brígido que de noche no se podía hacer nada, que se irían a sus casas y al día siguiente, con el fresco de la mañana y con la frente despejada irían a descubrir aquel misterio que los tenía intrigados.
Los amigos se despidieron dejando solo al dueño de la "tienda de la esquina", el que por mucho rato se quedó pensando qué podría hacer. Tenía que encerrar su estanquillo ¿y si alguien se metía por la trastienda y le robaba? No se podía quedar toda la noche afuera y si dormía en su "changarro", se asfixiaría por el terregal. Al lado de la tienda vivía Vicente Trujillo, el que al oír el estruendo también salió a la calle, como muchos de los vecinos.

Al ver el problema del pobre de Don Brígido, le dio la solución: se quedarían sentados en una banquita toda la noche, afuera de la tienda, tapados con cobijas para cuidar el negocio. Así lo hicieron, la esposa de don Vicente les llevaba café y así se hizo una bolita de amigos los que estuvieron toda la noche frente a la tienda ideando cómo le irían a hacer para sacar los muebles de Don Brígido y rescatar la mercancía que se había caído en el socavón. Para todos los amigos fue un día de fiesta, entre chascarrillos, adivinanzas y cantos, se pasaron toda la noche, sólo Don Brígido tenía como cara de purgado por la aflicción que sentía al haber perdido mercancía y habérsele echado a perder sus muebles. Con sogas y palas, un grupo de amigos y Don Brígido al frente de la expedición, bajaron por aquel agujero, que era un verdadero boquete.

Llevaban velas para ver por dónde caminaban, cuando de pronto se encontraron con un gran arco descubierto. Fue grande la sorpresa que llevaron los expedicionarios, los que resolvieron seguir caminando por aquel túnel; entre risas y rezos, los amigos se daban valor para seguir por el túnel con dirección al Jardín de San Marcos. Según dice la leyenda, el grupo de hombres "valientes" seguía caminando y así llegaron a la puerta oriente del Jardín, en donde encontraron algo inaudito: un gran armazón lleno de piezas de género, de telas muy finas y de diferentes colores.


Todos se quedaron de una pieza, no creían lo que estaban viendo sus ojos, no más que uno de ellos, ambicioso quiso llevarse algunas de aquellas telas de colores vivos, pero su sorpresa fue mayor, que al tocarlas se iban convirtiendo el polvo. Los gritos se oyeron hasta la calle. Aquello parecía película de terror.

Telarañas colgaban de las paredes del techo y los ratones corrían por todos lados haciendo brincar a los hombres que sólo decían "ay mamá Carlota", "¡Virgen del rayo, Sálvanos!", "por qué me metí en este enredo" y otras expresiones que verdaderamente daban risa. La expedición seguía, Don Brígido que era el afectado, se hacía el fuerte e iba por delante con su vela de sebo, que con una prendía la otra. Cuando de pronto se escuchó un grito general al ver muy seria sentada a una momia que pelaba los dientes y parecía se estaba riendo.

Al lado de ésta y recargada en la pared, había otra que tenía los pelos largos que le llegaban al suelo. Los amigos del señor Villalobos se tropezaban uno con otro por querer salir todos corriendo a la misma hora y así con los pelos hirsutos del susto y pálidos como el papel de china volvieron a salir por donde habían entrado, por la trastienda de la tienda de Don Brígido Villalobos. Nadie dijo nada, Don Brígido volvió a levantar el piso de su trastienda y todos hicieron un pacto de honor de platicar lo sucedido con nadie.

Mucho tiempo esta historia quedó en el secreto, hasta que un día, uno de ellos, parece que el charrasqueado, en una borrachera contó el suceso, el que más tarde se convirtió en una fábula. Don Alfonso Montañés asegura que existen otras entradas para esos túneles, que según se dice, van del Templo de San Diego al Jardín de San Marcos, de la Estación al Jardín, así como del templo del Encino al Jardín de San Marcos.

Lo cierto es que se han hecho muchas historias sobre los túneles de Aguascalientes en donde se dice guardaba su tesoro el famoso ladrón Juan Chávez. Cuando se decida explorar esos túneles conoceremos otras interesantes historias que convertiremos en leyendas para engrosar las tradiciones de Aguascalientes.

FUENTE: http://www.aguascalientes.gob.mx

viernes, 17 de mayo de 2019

El fantasma del jardín San Marcos (Aguascalientes)


Se cuenta que en el Jardín de San Marcos existe un fantasma que a la hora del alba se pasea por el lado norte, llega a la puerta de la iglesia, donde ora unos minutos y desaparece... Aún en nuestros días persiste esta creencia, por lo que muchas personas se rehúsan a atravesar el Jardín a altas horas de la noche, ya que el mito se ha venido transmitiendo de padres a hijos.

Solamente durantes la Feria de San Marcos es cuando se ve concurrido por las noches, por no conocer los fuereños la conseja y por que los lugareños se sienten acompañados por los cientos de personas que disfrutan de este legendario y romántico parque. Aunque se sabe que un espíritu sale todas las noches y recorre el jardín, - según la tradición - no se conoce el origen de ésta fábula que tiene más de un siglo que se comentes.

Según el profesor Alfonso Montañés, por el año de 1851, llegó a la ciudad de Aguascalientes un grupo numeroso de personas procedentes de Guadalajara, invitado por Don Mariano Camino, iniciador de la primera Exposición de Industria, Artes, Agricultura y Minería que se verificaba en las Fiestas Sanmarqueñas de ese año. Don Felipe Rey González fue uno de los que llegaron a probar fortuna.


El era familiar de Luis González, uno de los primeros colonos de "el pueblo" - como se llamó por mucho tiempo al barrio de San Marcos - y por tener un pariente pensó le sería más fácil establecerse en ese lugar. Se inició con una pequeña tienda durante la feria y como tuvo éxito , no dudó en comerciar en abarrotes y radicar por una temporada en esa Villa.

Como en todo negocio al principio le fue difícil, pero poco a poco se fue dando a conocer y ya había reunido ocho mil pesos, que sumado a su capital le daban cuarenta mil, pensó vivir definitivamente en Aguascalientes. En la calle de Flora, al lado norte del jardín construyó su casa, la que por muchísimos años ocuparon los descendientes del señor González. Dice la leyenda, que también en el siglo pasado había "amigos" de lo ajeno, y que don Felipe González, temeroso de que alguien le fuera a robar su capital, -que ya había aumentado, pues se dedicó a comprar alhajas así como oro macizo- pensó que en su casa no estaría seguro su tesoro, por saber la gente de don Felipe Rey González tenía mucho dinero, que compraba oro así como joyas. Varias noches no durmió pensando en dónde guardaría su dinero.

No lo comentó ni con su mujer por el miedo que ésta tuviera alguna indiscreción con alguien y pensó que el lugar más seguro sería el Jardín de San Marcos. Nadie iba a pensar que en ese lugar se enterrara un tesoro y mucho menos iban a escarbar para buscar dinero. Y al pie de un gran fresno, entre un gran bosque de rosales, en el ángulo norte y oriente del jardín, una noche oscura, azulado únicamente por una vela de sebo, la que se le apagaba a cada instante por el aire, don Felipe enterró una caja de lámina y madera, de buen tamaño, en donde había depositado su tesoro. El señor González, que aún tenía su negocio, con frecuencia pasaba frente a su "entierro", invitaba a sus amistades a tomar el fresco en el jardín, y se sentaba en la balaustrada frente a su caudal de dinero enterrado. Invitaba a sus amigos a charlas, a jugar albures -haciendo apuestas fabulosas- o de perdida entretenerse con la "matatena". Así pasó algún tiempo. Un día, un grupo de amigos de don Felipe comenzaron a jugar albures.
Todo era alegría y entusiasmo. Pero según el relato, alguien hizo una "trampa" y comenzó el jaleo; hubo insultos, gritos y de pronto... salieron a relucir las pistolas, y sin más se escucharon varios tiros, la gente se dispersó despavorida; a un hombre que corría por la esquina de Flora y Rivera, le alcanzó un tiro que lo dejó instantáneamente muerto. Dos más fueron heridos gravemente. Don Felipe Rey González palideció ante aquel zafarrancho y no supo qué hacer. Aterrado volteaba a ver su tesoro, e inmóvil permaneció un rato en ese lugar, hasta que llegó la policía y sin más se lo llevaron preso hasta que se aclarara aquel pleito donde había un muerto y dos heridos.

Durante algún tiempo, don Felipe estuvo preso. Una de sus más grandes preocupaciones era el "entierro" que tenía en el Jardín de San Marcos, del que nadie estaba enterado. Aquello lo hizo enfermarse gravemente. Tenía una pena moral que nadie conocía y lo que lo estaba acercando a la tumba. El señor González se encomendó a la Virgen del Pueblito. Le ofreció parte de su tesoro, así como una misa solemne de tres padres, orquesta y cohetes, si salía de aquel "tormento" y continuaba con su vida normal ya que él no había sido culpable del pleito entre sus amigos. Un buen día, sin más ni más, le notificaron a don Felipe Rey González, que salía por falta de méritos. No lo podía creer. Se pellizcaba para ver si no soñaba y al estar frente a la puerta de salida del reclusorio y ver a su familia y amigos no pudo más que ponerse a llorar.


Antes de llegar a su casa pidió bajarse en el Jardín de San Marcos, caminó por el lado norte hasta llegar a su rosal consentido -en donde estaba enterrado su tesoro- para después disponerse a llegar a su casa, en donde le esperaba una fiesta que le habían organizado sus amigos. Al pasar los días de euforia, tranquilidad y alegría, don Felipe continuó en su vida cotidiana. Hablaba de lo bien que le hacía caminar por el Jardín, sentarse en la balaustrada a recibir el fresco y escuchar el trino de los pájaros... y sus amigos llegaban a jugar albures en aquel lugar de reunión que había hecho don Felipe Rey González. Pasado algún tiempo, el señor González volvió a estar muy enfermo. No "levantaba la cabeza", lo único que lo hacía "revivir" era dar una vuelta por el jardín, lo que pedía mañana y tarde. Pero llegó el día que el pobre hombre no podía caminar, había perdido el aliento hasta para hablar y así se le fue apagando la vida. Antes de morir quiso hablar con su mujer, pero ya no pudo, le señalaba el jardín, el templo, pero nadie entendió lo que era su última voluntad.

El ofrecimiento que le había hecho a la Virgen del pueblito nunca lo cumplió y con ese remordimiento se fue a la tumba. Según la Fábula, nadie supo del tesoro, no se sabe si alguien lo encontró o todavía se encuentra sepultado en ese lugar... pero sí que después de su muerte, los vecinos aseguraban que se aparecía todos los días, a la misma hora en el Jardín de San Marcos. Que se le veía caminando por el lado norte, llegaba a la puerta de la iglesia de San Marcos y desaparecía. Y así nació la consejera de "El Fantasma del Jardín", de la que todavía se habla, sin saber cuáles fueron los orígenes de ella.

FUENTE: http://www.aguascalientes.gob.mx

jueves, 16 de mayo de 2019

Reciben en el casino social visita de un extraño ser.


Mitos, leyendas e historias de terror que se cuentan en Hermosillo

Guillermo Saucedo

En un cerro ubicado al Oriente de Hermosillo, el club de golf “Country Club” fue construido en el año 1945 como parte del proyecto urbanístico de la colonia Pitic, en las afueras de la entonces ciudad capital de Sonora.

La historia cuenta que en el centro del mismo se le construyó una casa club con restaurante, salas, bar y un casino social, el cual era el sitio preferido de los jóvenes de la época, pues en él podrían encontrar el amor de su vida.

El cronista oficial del municipio, Ignacio Lagarda Lagarda, relató que un 31 de diciembre de 1959, se dio un gran baile de fin de año donde tocaría una de las mejores orquestas de la época, así que todas las muchachas no hallaban la hora para tener el mejor vestido para la fiesta.

“Ese día una joven de 16 años llamada Linda, tenía muchas ganas de ir a ese baile, tanto que duró días buscando el mejor vestido y tardó varias horas en arreglarse para convertirse en la joven más bonita del lugar”, contó.

Cuando Linda se encontraba lista para salir fue a avisarle a su mamá, quien estaba en cama, enferma de unos dolores, misma que le negó el permiso porque era momento de pasar un tiempo con la familia.

Luego de pasar algunas horas encerrada en su cuarto, la joven hizo caso omiso a los regaños de su madre para posteriormente escapar por la ventana de su cuarto, para esto ya tenía a sus amigos esperando fuera de su casa.

Cuando la muchacha y sus amigos llegaron al casino, todos voltearon a verla, era la joven más hermosa de la noche. Le llovieron proposiciones para bailar pero Linda no aceptó, ya que esperaba al hombre más guapo, caballeroso y con un gran aroma.

“De pronto entre la multitud salió un guapo muchacho de cabello negro, ojos enormes, vestido elegantemente, nadie conocía al joven apuesto, todos se preguntaban quién era. El joven invitó a bailar a Linda, ella aceptó rápidamente y dijo que era a quien ella estaba esperando. Se fueron al centro de la pista para bailar toda la noche”, dijo el cronista.

A la medianoche mientras bailaban, Linda sentía mucho calor, que algo la quemaba en su espalda, volteó a ver y miró una mancha en su vestido así que decidió ir al baño a quitársela, pero al llegar y verse bien, se percató que tenía pintada de negro la mano de aquel apuesto y caballeroso hombre.

Ella pensó que era una simple mancha de su mano, así que volvió a la pista y terminó de bailar con aquel hombre. Posterior a ello hubo un fuerte olor a azufre, comenzó a aumentar la temperatura, mientras que todas las personas que estaban presentes miraron hacia el centro de la pista.

“Ante los ojos de todos se apreció una pata de gallo y otra de cabra que le salían al joven del pantalón. Linda se desmayó de la impresión. Comenzó a salir mucho humo y desapareció el joven. Por todos lados empezó a surgir fuego y todos los presentes tuvieron que escapar del lugar como pudieron, y el casino quedó en llamas hasta que sólo quedaron las paredes”, aseveró.

El cronista mencionó que después del incendio no se supo qué pasó con Linda, mucho menos quién era ese misterioso hombre, según la leyenda se dice que la joven fue internada tras una crisis nerviosa, o bien, que se encuentra bailando con el demonio.

Después de lo que sucedió ese día el casino cerró sus puertas y ya no se volvió a realizar ningún evento social.

FUENTE: https://www.elsoldehermosillo.com.mx

miércoles, 15 de mayo de 2019

Cuentan en la Sonacer la historia de Dieguito.


Mitos, leyendas e historias de terror que se cuentan en Hermosillo

Alberto Maytorena

La colonia Sonacer no es la primera zona residencial en la que el ciudadano hermosillense piensa cuando recuerda sobre historias de fantasmas, sin embargo como cualquier otro lugar, esta zona ubicada al poniente de la ciudad ha cultivado sus propios relatos de miedo.

Uno de ellos es la historia del niño Diego Almada, “Dieguito” para los que todavía recuerdan la leyenda del pequeño de 7 años, la cual se remonta hasta el conflicto civil armado de la Revolución Mexicana, aproximadamente hace un siglo.

Se decía que Dieguito era el hijo de un soldado villista concebido durante las infructíferas campañas del general en Sonora, algunas voces incluso lo asocian con la misma figura de Doroteo Arango, pero estas son pocas.

Hijo de una mujer que rozaba la vejez, el nacimiento del niño fue casi un milagro, no obstante tal suerte le cobraría caro a Dieguito, quien nació con Síndrome de Down, provocando toda clase de murmullos a sus espaldas. Él nunca conoció a su padre.

Su madre, a pesar de que no era una mala persona, estaba demasiado fatigado para cuidarlo apropiadamente, y esta suerte de negligencia era bastamente aprovechada por Dieguito para explorar los alrededores de Sonacer cuando aún era una zona rural de cultivo.

Los niños, sin embargo, eran crueles con él, cuando le iba bien sólo le enterraban sus juguetes de madera, en lo peor era el receptor de su furia infantil. No entendían que un simple cromosoma extra era una razón arbitraria para atormentar a un ser humano.

Un día, mientras su anciana madre dormía, los bravucones le tiraron su juguete favorito al pozo del lugar, un soldado de madera barnizado al cual su progenitora le repetía que se parecía al padre que nunca conoció.

Por suerte el juguete no cayó hasta el fondo del pozo, sino que quedó atrapado en unas piedras en el interior, por lo que armándose de valor, Diego se aventuró a sacar a su compañero de madera, casi lo había obtenido cuando resbaló.

Afortunadamente, el niño de siete años pudo detenerse de las piedras en el interior de la estructura, recuperar al soldado e impulsarse hacia arriba hasta salir del pozo con sólo algunos rasguños encima.

La alegría no duró mucho para Dieguito, una piedra lanzada hacia él por otro de los niños lo cegó e hizo que cayera a la oscuridad absoluta del pozo, tan sólo se escuchó un golpe seco y empapado para que los testigos y el perpetrador corrieran de ahí.

Algunos adultos buscaron a Diego e incluso, desesperados por la culpa, algunos niños insinuaron a los mayores que el cuerpo del menor pudo caer al pozo, pero una vez que inspeccionaron la construcción, no encontraron rastro alguno del cuerpo del pequeño.

La madre de Diego murió meses más tarde ante la angustia de haberlo perdido todo y, desde entonces, durante las noches calmadas, los habitantes de la colonia Sonacer escucha pisadas húmedas, enlodadas, junto con una risilla grave que los paraliza.

Actualmente no hay ni pozo, ni revolución, ni áreas rurales en Sonacer, pero quienes conocen la historia de Dieguito Almada, cierran las puertas y ventanas de sus casas cuando el Día de Muertos está cada vez más cerca.

FUENTE: https://www.elsoldehermosillo.com.mx

martes, 14 de mayo de 2019

Espíritu de "El Peloncito" ronda por la Universidad.


Mitos, leyendas e historias de terror que se cuentan en Hermosillo

Yoanna Romo

Por años, habitantes del Hermosillo antiguo aseguraron que el espíritu de “El Peloncito”, un niño asesinado por soldados franceses en 1862, deambulaba por las inmediaciones de la ciudad, hoy la plaza Emiliana de Zubeldía.

El Cronista de la capital de Sonora reveló que esta leyenda local surgió derivado de la historia del pequeño Narciso Mendoza, un niño que se encontraba con los arrieros que pasaban por la localidad en esa época.

Ignacio Lagarda Lagarda contó que los arrieros que traían productos de la Costa acampaban en un terreno baldío ubicado en las afueras de la ciudad, actualmente el cruce de los bulevares Rosales, Rodríguez y Luis Encinas.

Mientras el menor se encontraba ahí, mencionó que los soldados franceses que invadían Hermosillo en ese año lo asesinaron, y las personas que lo acompañaron decidieron enterrarlo en ese lugar a la orilla del pueblo.

“Ese niño era ayudante de los arrieros, a partir de su muerte creció la leyenda de que se aparecía en ese lugar, le decían ‘el peloncito’ y desde ese entonces al barrio se le llamó ‘barrio del peloncito’, la leyenda cuenta que ahí se aparecía el niño y asustaba mucho a la gente”, resaltó.

FUENTE: https://www.elsoldehermosillo.com.mx

lunes, 13 de mayo de 2019

Los fantasmas de Jaén.


Cuenta la leyenda que en el antiguo barrio de La Magdalena, en la ciudad de Jaén, había un importante manantial. En él vivía un lagarto de considerables dimensiones que se alimentaba de las personas que iban hasta el lugar a buscar agua. Los vecinos le tenían medio y, un día, un preso se propuso para enfrentarse al animal a cambio, eso sí, de que le perdonaran la vida.

Sobre un caballo en el que portaba un cordero, se acercó al manantial hasta que el reptil comenzó su ataque, momento en el que el reo escapó gracias a la velocidad de su caballo. En la persecución el bravo contrincante lanzó el cordero al saurio, que lo comió de un bocado. Lo que no sabía es que en su interior llevaba una yesca encendida que le hizo reventar y, por fin, la población pudo respirar tranquila.

Ésta es una de las muchas leyendas que aún perviven en Jaén. Fábulas que se han transmitido mediante la tradición oral de generación en generación y que han convertido a la capital de la provincia en "la más misteriosa de las Andalucías".

"Es una ciudad muy antigua y quizás por eso hay mucho mito respecto a diferentes cuestiones que han sucedido a lo largo de su historia", explica Rafael Cámara, responsable de la asociación IUVENTA, que organiza cada año unas jornadas sobre las leyendas de Jaén en diciembre y también una serie de actividades diez días antes del 2 de julio, cuando se celebra el día oficial del lagarto de la Magdalena.


Los orígenes de las leyendas

"No son hechos reales, pero sí hay un trasfondo histórico muy importante", subraya Cámara, que explica que sus orígenes son diversos. "Muchas tienes un porqué: desprestigiar a parte de la población, dar un halo mágico a un objeto religioso, un interés de evadir los impuestos de las aduanas...", cuenta este experto de la cultura jiennense.

El lagarto de la Magdalena es la historia principal, que tiene origen en las leyendas indomesopotámicas relacionadas con dragones y que, no se sabe muy bien cómo, llego a ser de gran importancia en Jaén. Tanto, que la bandera que se podía ver en los pendones cristianos tras la toma de la ciudad tenía un gran dragón en su escudo.

Hoy, una pequeña fuente rinde homenaje al lagarto en la judería jiennense, cuya historia forma parte del los Tesoros del Patrimonio Cultural Inmaterial de España declarados como tales por el Bureau Internacional de Capitales Culturales. Algunas empresas turísticas locales, como Claritas Turismo, la Asociación provincial de guías turísticos y Arqueonatura, organizan rutas relacionadas con estas fábulas que, además, permiten conocer a fondo el patrimonio local, ya que casi cada monumento tiene su propia leyenda.

Otras muchas leyendas fueron recogidas hace cinco años por Manuel Rodríguez Arévalo en el libro Leyendas del Santo Reino de Jaén, que incluye casi 300 historias relacionadas con los municipios de la provincia, medio centenar de ellas ubicadas en la capital jiennense. "Fue un trabajo de campo, de ir pueblo a pueblo preguntando", recuerda el autor, que cree que las fábulas también están ayudando a conocer el patrimonio de Jaén, "ya que muchas de ellas están ligadas a lugares históricos como castillos o palacios de hace varios siglos".


De hecho, otra leyenda lleva hasta los Baños Árabes, muy cerca de la Fuente del Lagarto. Ubicados en el subsuelo del Palacio de Villadompardo, son los más grandes y mejor conservados de Europa.

Allí se cuenta que murió el rey musulmán Alí en circunstancias que varían según la fuente. Una historia cuenta que falleció de calor un mediodía cuando fue encerrado en el hamman por sus asesinos y, por eso, su fantasma se pasea a esa hora cada día por las instalaciones emanando energía negativa. Por este motivo, según la leyenda, el recinto sufre diferentes cambios buscos de temperatura sin motivo aparente, y cámaras fotográficas o teléfonos móviles se quedan de repente sin batería.

Otra versión dice que Alí fue apuñalado junto a una columna de la sala templada de los baños, añadiendo que, desde entonces, dicha columna emana calor e incluso energía positiva.

No muy lejos, camino de la Catedral por la calle Almendros Aguilar, otras dos leyendas apuntan al Arco de San Lorenzo, hoy la única parte que queda en pie de la iglesia del mismo nombre. La primera habla de que ahí se veló el cuerpo de Fernando IV, que murió a causa de una maldición de los hermanos Carvajal, de Martos, a los que ajustició un mes antes lanzándolos al vacío por una peña de dicha localidad.


La leyenda del Padre Canillas

La segunda historia relacionada con el Arco de San Lorenzo relata que una fría y oscura noche, un joven se encontró a un sacerdote que le pidió ayuda para oficiar una misa en el templo y aceptó el encargo. En un momento dado, durante la preparación, pudo observar que, bajo la sotana, sólo había hueso: estaba junto a un esqueleto viviente. El hombre salió de allí asustado a toda prisa. En su huida, se cruzó con otro clérigo en la Plaza de la Merced, al que le contó su historia. Tras escucharla, el religioso levantó parte de sus ropajes: "¿Huesos como estos?", le dijo, lo que terminó de hacer entrar en pánico al vecino de Jaén y constituye la base de la leyenda del Padre Canillas. Hoy el Arco de San Lorenzo se puede visitar, aunque ningún turista ha vuelto a hablar con ningún esqueleto.

Unos metros más al sur, la peatonal calle Maestra pasa por delante de la bonita Casa del Reloj para adentrarse en la Plaza de Santa María, donde se levanta la imponente Catedral de la Asunción, cuyos trabajos dirigió el maestro Andrés de Vandelviria.

En su subsuelo se dice que existió la cueva que albergó la Mesa de Salomón, que se dice guarda el nombre secreto de Dios y que quien la posea tendrá poder absoluto sobre el mundo aunque, por ahora, nadie lo ha encontrado.


Un regalo memorable

Un poco más arriba, en la capilla mayor, se guarda el Santo Rostro. Se trata de un relicario de piedras preciosas con una imagen de gran devoción popular en Jaén que, según dicen los evangelios apócrifos, es uno de parte de la tela con que Verónica limpió el rostro de Cristo cuando se encaminaba hacia el monte Calvario con la cruz a cuestas.

Dice la leyenda que el lienzo llegó a Jaén desde Roma cuando el obispo de la ciudad andaluza viajó a lomos de un diabillo hasta la capital italiana para avisar al Papa de que, si no se arrepentía de sus pecados antes de morir, acabaría en el infierno. El pontífice consiguió arrepentirse a tiempo y, a cambio, le regaló el Santo Rostro que, desde entonces, permanece en Jaén guardado bajo siete llaves.

En el templo también se encuentra la talla de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Se cree que es un trabajo realizado entre los siglos XVI y XVII, aunque otra leyenda dice que fue obra de un campesino. Se cuenta que, cuando estaba cerca de Jaén, ya cansado, pidió alojamiento a un labrador y su familia, que le atendieron con hospitalidad. A cambio, les propuso crear una escultura con un gran madero, trabajo que realizó durante una sola noche y que supone el primer milagro de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

A espaldas de la Catedral se encuentra el Palacio de los Vélez, que en su día perteneció a una adinerada familia jiennense, que encerró a su hija en un torreón después de descubrir sus amoríos con un joven plebeyo que trabajaba como criado en la casa. Levantaron un muro en la puerta y olvidaron a la joven para siempre.

Siglos después, dicen que el fantasma de una mujer hermosa rubia y de ojos claros sigue vagando por las estancias del palacio buscando a su enamorado al que, a pesar de los siglos transcurridos, nunca ha podido olvidar.

Bajando por la calle Bernabé Soriano se llega hasta la Plaza del Pósito, donde sitúa la tradición a un duelo por amor. En él se enfrenaban el capitán Don Diego de Osorio y el hidalgo Don Lope de Haro: el primero había matado a su mujer tras haberse arruinado y el segundo quiso vengarla por ser su amor de juventud.

De Haro ganó la contienda, clavando su espada hasta la empuñadura en su rival y recitando un Padre Nuestro mientras le veía morir. Dicen que, desde entonces, cada año y en el aniversario de tal día, el fantasma de Lope de Haro vuelve a la Cruz del Pósito para recitar la oración.


El Castillo de Santa Catalina y sus alrededores son también escenarios de algunas otras leyendas, como la de la fuente del Caño Quebrado, que se ubica junto a la carretera que da acceso al monumento. En ese punto se dice que encontraron el cadáver de Omar, un joven que gobernaba Jaén. Fue tal la tristeza que la noticia infligió en su esposa, Zoraida, que la mujer no pudo superar su pena y, un día, la encontraron muerta en el mis lugar que habían hallado el cuerpo de su amado. Justo desde el momento en que se produjo su fallecimiento, comenzó a brotar agua de la montaña agua que, se dice, son las lágrimas de Zoraida por la muerte de su amado.

Ya en la fortaleza, los fantasmas vuelven a ser los protagonistas de otras dos leyendas que se sitúan en esta bonita fortaleza que, originalmente, fue un asentamiento íbero para, después, sufrir remodelaciones a cargo de los romanos, los árabes, los castellanos y las tropas francesas durante la ocupación de comienzos del siglo XIX.

A su lado se ubica el Parador de Turismo, que se construyó sobre el viejo alcázar árabe, el único establecimiento de la red de paradores que cuenta con una reclamación por la existencia de un fantasma en la habitación 22. Allí, se dice que un cliente se despertó por los gritos y llamadas a su puerta de una mujer que, cuando abrió, no estaba. El hecho que fue analizado incluso por Iker Jiménez en su programa Cuarto Milenio.

No es el único fantasma de este alojamiento, ya que la tradición dice que el alma de un preso que murió en el viejo castillo aprovecha las tardes de sobremesa para adoptar la forma de los clientes del Parador.


En el cerro donde se levanta lo que queda de castillo existe una gran cruz de hormigón que, originalmente, fue de madera. Sin embargo, cuenta la tradición que la primera que existió la colocó un soldado del rey Fernando III que, tras la toma de la ciudad en la primavera de 1246, hincó su espada en la tierra en ese mismo punto. Parecía una cruz y el símbolo gustó al monarca, que decidió que, desde entonces, siempre hubiera una cruz en este punto de la montaña.

Muchas han sido las cruces instaladas desde entonces, de hierro o madera, que han sido derribadas por el viento hasta que, a mediados del siglo XX, se colocó la actual de hormigón.

El símbolo religioso también tenía como objetivo homenajear a Santa Catalina de Alejandría, que -según cuenta otra leyenda- se apareció en sueños a Fernando III cuando tenía sitiada Jaén. En ellos, le entregaba unas llaves y, al despertar, el rey interpretó que eran las de la ciudad, por lo que dispuso a sus tropas para la batalla y, poco después, el rey Alhamar se rendiría retirándose al Reino de Granada.

FUENTE: https://www.eldiario.es